
Verónica Torres Sandoval
La gestión cultural nos regala satisfacciones enormes, aunque a veces nos lleva por el camino de las dificultades y nos da a probar el sinsabor de la derrota. ¿Cómo no sentirnos tristes o frustradas si no faltan proyectos que no se logran, aunque les dediquemos todo nuestro empeño y dedicación? Esto puede ser muy desalentador cuando, además, somos gestoras culturales de gran vocación. Claro, la vocación es un elemento determinante en el ejercicio de todos los oficios y, en el nuestro, puede tener que ver con la alegría que nos brinda ser partícipes de la puesta en marcha de la creatividad humana, acompañada de una gran necesidad de compartir esa alegría con otros, porque la alegría se multiplica cuando se vive en comunidad.

Aunque resulte efímera, la vivencia de la maravilla o incluso la de la incomodidad – porque el arte y la cultura pueden desacomodarnos – bien vale nuestro mejor esfuerzo. Quizá por eso, a pesar de los riesgos y hasta desde el fracaso, los gestores culturales pronto estamos listos y entusiasmados, otra vez, por embarcarnos en nuevas aventuras tan inciertas como las que las antecedieron.
Pero los gestores culturales estamos lejos de ser un Sísifo resignado y no podemos darnos el lujo de ser ilusos, que de esto nos salva la naturaleza de nuestro trabajo. En él, pronto aprendemos que lo nuestro es anticipar problemas o resolverlos y que, si no contábamos con destrezas innatas para hacerlo, nuestro trabajo nos obsequiará múltiples oportunidades de ejercitarnos en este terreno. Armados de practicidad e ingenio, nos habituamos a superar las adversidades, casi siempre desde la escasez y la preocupación.

Por otro lado, la gestión cultural es un espacio que se nutre en la diversidad de experiencias, opiniones, conocimientos y vivencias, tanto personales como comunitarias; lo que hace de nuestro oficio, un oficio para toda la vida. Aquí, las voces y las miradas más frescas encuentran su lugar, como también tienen el suyo los gestores más experimentados, sin importar la edad que tengamos al iniciarnos en este campo. Me atrevo incluso a decir que la mayoría de nosotros, los gestores culturales, compartimos el instinto de reconocer el talento cuando lo tenemos enfrente y que, esta capacidad, nos regala la posibilidad de entender que siempre obtenemos mejores resultados cuando aplicamos todo nuestro talento en las tareas que nos corresponden.
Entre las tareas que realizamos, varias requieren que asumamos la responsabilidad de tomar decisiones difíciles y que, estas decisiones, son las que permiten ejecutar las acciones concretas necesarias para el correcto desarrollo de los proyectos que tenemos a nuestro cuidado. Esto nos exige comprometernos con nuestra formación continua en el fortalecimiento de habilidades y conocimientos necesarios para garantizar la continuidad de esos proyectos, a veces en nuestra ausencia. De esta manera, así como asumimos el rol de mediadores o facilitadores de la cultura, nos ocupamos de la obtención y distribución eficiente de recursos de manejo delicado, como es el caso de los recursos financieros y materiales de las organizaciones con las que trabajamos. Esta situación nos obliga a ejercer nuestras funciones con transparencia, en una práctica constante de rendición de cuentas donde cada peso que pase por nuestras manos dará cuenta de nuestra integridad y profesionalismo, respaldando la confianza que en nosotros se deposita.

En este sentido, la adecuada administración de estos recursos nos da la oportunidad de servir a quienes cristalizan su creatividad en los productos y servicios culturales que en conjunto ofrecemos. Esto implica que, a través de la gestión cultural, tenemos el potencial de incidir de forma positiva en la generación y permanencia de fuentes de empleo, a la par de contribuir a mejorar las condiciones e ingresos de quienes directa o indirectamente vivimos del arte y la cultura, favoreciendo con nuestro trabajo que todos disfrutemos de la vida laboral digna, plena y productiva que merecemos.
Por ser multifacética, la gestión cultural nos brinda horizontes de crecimiento y descubrimiento emocionantes porque no sólo colaboramos con organizaciones, personas y proyectos propios de la cultura. Nuestro campo de acción es mucho más amplio: también hacemos gestión cultural cuando propiciamos condiciones de reflexión y detonamos experiencias para que otros reclamen su acceso al arte y la cultura, aun cuando la cotidianidad se empeñe en distanciarlos de estas expresiones inherentemente humanas. Así que tenemos un gran logro cuando las personas que hacen otras cosas tan importantes como las que nos ocupan a nosotras, después de una semana extenuante de trabajo o estudios, encuentran la manera de acercarse a una galería, de escuchar música, de leer, de ver una película, de bailar, de cantar, de dibujar o bien, de permitirse ir a ver a alguien que hace eso mismo para deleitarlos y sorprenderlos. Y ya sea a través de la promoción de eventos, la procuración de fondos, la constitución de empresas, la participación en políticas culturales, laborando en el gobierno, en la iniciativa privada o desde la educación; la gestión cultural, cuando está bien hecha, pasa desapercibida. Es decir, la buena gestión cultural esquiva el elogio y el reconocimiento público. No tiene por destino el estrellato y no aspira, ni siquiera, al aplauso. Al contrario, vive en la discreción para que otros brillen, y justo ahí radica su inefable belleza.
Ciudad de México, 1 de noviembre de 2023
Fotografía: D.R. Verónica Torres Sandoval, 2023 (“Pintando con los pies – ejercicio de creación colectiva”).

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