
Por Talía Barredo García
En marzo cumplimos tres años de la llegada del Covid-19 a nuestras vidas. Tres años en los que enfrentar un sinfín de complejidades. Durante ese tiempo, experimentamos pérdidas de muchos tipos y nos sentíamos vulnerables ante algo que no se podía ver a simple vista. Ahora, todo lo vivido me parece tan lejano y surrealista al mismo tiempo. La pandemia ha sido un extraño paréntesis en nuestras vidas, sobre todo por las afectaciones emocionales que dejó de manera general: las personas se volvieron más eufóricas, intolerantes a las diferencias, agresivas y, en muchos casos, más solitarias.
En contraparte, hay quienes se abrieron a compartir, a profundizar de manera individual y a reconectar de manera consciente con la tierra y con los demás. Partiendo de ahí, quisiera hablar sobre el proyecto Diario de un encierro y cómo, a tres años de su inicio, muestra sus frutos de la conexión genuina y afectiva que unió personas a través de las artes visuales.

Diario de un encierro es un proyecto colaborativo relacional alojado en Instagram, en el cual participaba cada semana una artista de habla hispana que vivía en algún lugar del mundo. Al principio, la premisa era compartir imágenes, videos, obras y textos que estuvieran relacionadas con sus búsquedas artísticas y que reflejaran su experiencia durante el confinamiento. Con el tiempo, esto cambió y las artistas invitadas comenzaron a hablar de sus procesos y de quienes las sostienen.
La gestión del proyecto fue muy orgánica y sencilla: la participante en curso invitaba a alguna colega con la que sintiera una fuerte resonancia; si aceptaba la invitación, yo me ponía en contacto directamente con ella para hacer la parte formal, es decir, explicarle la intensión y dinámica del proyecto, enviarle una carta invitación y, en caso de que lo necesitara, acompañarla durante su semana de participación. Los vínculos afectivos no solo permitieron que el proyecto llegara a 106 artistas viviendo en 14 países diferentes, también nos permitieron conocer la labor de otras redes de artistas, y así, en algún punto, encontrarnos físicamente.
Uno de los retos fue intentar saber cuánto tiempo duraría el proyecto. En la gestión cultural siempre hay objetivos que alcanzar y fechas que cumplir, pero en este caso, el proyecto tenía una estructura y tiempos de participación determinados, aunque no eran rígidos, y si alguna artista necesitaba más tiempo para compartir sus procesos, lo podía tomar. Tampoco se había determinado la fecha final del proyecto virtual, más bien, el propio Diario fue mostrándonos su ciclo y, con la generación de la primera exposición física del mismo, entendimos que de lo digital ya era suficiente.

En cuanto a la fisicidad del Diario: en noviembre de 2022 tuve la oportunidad de viajar a Montevideo a una residencia de artista, donde conocí a muchas de las artistas sureñas que habían participado en el proyecto. Posterior a la residencia, Ernestina Pereyra Gallo, me prestó su taller en Pensión Cultural Milán para poder accionar con las artistas. Durante tres días bordamos entre todas un mapa en donde visualizamos los lazos y los nodos expansivos. Actualmente, desde México, el mapa se sigue bordando cada vez que tengo la oportunidad de encontrarme con artistas que construyeron este proyecto.
En marzo de este año se generó la exposición Diario abierto. Memoria del encierro, en donde participaron 40 artistas y se presentó en el Museo de Artes Gráficas de la ciudad de Saltillo, donde podemos ver los diferentes temas que nos atraviesan, mismos que dividen y se unen desde muchas disciplinas: El hogar -que abarca los actos desde la cotidianidad, el cuidado, la casa, la naturaleza, los afectos-, la maternidad, la naturaleza, el miedo, la cuerpa como nuestro territorio, la ritualidad y la sanación, y por supuesto, el feminismo desde la expresión de todos los anteriores.
La exposición marcó un cierre de ciclo, pero las resonancias siguen presentes, se abren nuevos diálogos y las contenciones afectivas permanecen. Ahora cuando pienso en la pandemia, más allá de lo mencionado al inicio de este ensayo, la idea del rizoma permanece por la forma en la que evolucionó este proyecto, construido desde la colectividad y la confianza, y donde juntas creamos una red interseccional, intergeneracional y transdisciplinar, pero, sobre todo, una gran red de afectos que permitió compartir, dialogar y resignificar a partir de la práctica de otras artistas.

Talía Barredo García
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